martes, 23 de junio de 2026

Los días que corren...

Hay estaciones que no llegan con tormentas, sino con un cielo gris que se instala despacio, tan despacio, que uno deja de recordar cuándo fue la última vez que miró alrededor y sintió ganas.

Entonces aparecen los caminos.

No por pasión, ni por metas, ni siquiera por orgullo.

Simplemente porque quedarse quieto parece más peligroso.

Y así, entre pasos repetidos, el aire en los pulmones y el ruido acompasado del corazón, se va manteniendo encendida una pequeña luz que no brilla demasiado, pero aún no se ha apagado.

Alrededor, la vida continúa.

Las mesas siguen llenándose, los teléfonos siguen sonando, las conversaciones siguen naciendo.

Y, sin embargo, hay una silla que a veces parece invisible, una voz que se pregunta si su silencio sería notado, unas manos cansadas de ser siempre las primeras en tenderse.

No hay enfado.

Solo una especie de otoño que no termina.

Porque hay abrazos que no llegan, puertas que se abren únicamente cuando alguien llama primero, y afectos que, sin quererlo, acaban pareciendo ecos.

Uno aprende entonces a no pedir demasiado, a sonreír con la delicadeza de quien no quiere preocupar, a guardar las mareas por dentro, porque el mundo parece preferir a quienes saben bailar bajo el sol, y pocas personas se quedan cuando empieza a llover.

Y aun así, cada mañana, sin saber muy bien por qué, vuelve a ponerse las zapatillas.

No porque tenga todas las respuestas.

Ni porque sea feliz.

Sino porque, en algún rincón silencioso, todavía queda algo que se resiste a desaparecer.

Algo pequeño.

Algo agotado.

Pero vivo.

Y quizá, aunque nadie lo vea, eso sea una forma de esperanza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los días que corren...

Hay estaciones que no llegan con tormentas, sino con un cielo gris que se instala despacio, tan despacio, que uno deja de recordar cuándo fu...